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Los primeros asentamientos estables

Los primeros asentamientos estables

Hacia el siglo VII a.C. los elementos o lenguas adelantadas de los rebordes montañosos del Sistema Ibérico y Central van a verse salpicados de pequeños asentamientos, entre una y dos hectáreas. Eligen emplazamientos dando prioridad a elementos de encastillamiento y visibilidad, generalmente altitudes entre los 1.100 y 1.400 m, de fácil defensa y amplia visibilidad, dominando los valles y las vías naturales de comunicación, aspectos que se ven reforzados por la construcción de potentes murallas.

Las grandes obras colectivas de estos nuevos asentamientos expresan una decisión económica, que tiene que ver con la subsistencia del grupo y otra social y simbólica, que manifiesta su voluntad de convertir el asentamiento en un lugar visible en el paisaje, como hito de territorialidad y referencia para otros.

El carácter cerrado de estos poblados parece concordar con su economía autosuficiente y autárquica, que sugiere independencia, y, pese a la impresión igualitaria que produce el registro de las viviendas, la organización e inversión del trabajo comunal estaría indicando la existencia de una jerarquía de parentesco, por rango y dignidad.

Estos grupos, que centran en sus poblados y el mundo de los vivos su apuesta de futuro, ofrecen como contrapartida la invisibilidad de sus muertos, ya que se desconoce su ritual de enterramiento.